Jueves y sigue lloviendo.
No problemo. Bici+tren hasta Torrelavega, donde llueve más todavía.
Una moza, muy majica ella, pierde el tren embelesada por la conversación que mantengo
con otro cicloturista del lugar. No pasa nada. Hay un tren cada media hora. El billete está
subvencionado y cuesta la mitad que en Aragón. Además, una campaña
gubernamental me invita a meter mi bici al tren. Como en Huesca pero
al contrario.
El paisaje es
sobrecogedor. El verde envuelve el tren. Las montañas que nos rodean
me hacen ver que ha sido mejor tomar el tren que atreverme a
cruzarlas con este tiempo frío y húmedo.
En Torrelavega llueve y
busco un bar donde comer casero. Lo encuentro a costa de mojar con la lluvia mis
vaqueros. Los dueños del bar son muy amables y me guardan las alforjas en un lugar seguro, además de calentarme el estómago con un potaje y una carne guisada más que
decente por un módico precio. Se nota que ya estoy en el Norte.
Torrelavega tiene un tráfico asqueroso pero pronto descubro como evitarlo, así que retorno a la estación tranquilamente y tomo el Feve hasta Llanes, donde me espera Noemí, una cántabra exiliada en Asturias. Un poquito mojado me alegro de encontrarme con Noemí y ser beneficiario de su hospitalidad y compañía. Una chica de las que te pone las pilas, lo que me vendrá muy bien para afrontar los 115 kms del día siguiente.
Torrelavega tiene un tráfico asqueroso pero pronto descubro como evitarlo, así que retorno a la estación tranquilamente y tomo el Feve hasta Llanes, donde me espera Noemí, una cántabra exiliada en Asturias. Un poquito mojado me alegro de encontrarme con Noemí y ser beneficiario de su hospitalidad y compañía. Una chica de las que te pone las pilas, lo que me vendrá muy bien para afrontar los 115 kms del día siguiente.

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