Miércoles, llueve y pies
para qué os quiero. El del hostal me dice que adónde voy con esta
lluvia y le respondo qué hago yo aquí todo el día. Arranco y para
de llover. Me encuentro con dos maños que vienen de barro hasta
arriba. Por madrugar. Ellos van buscando los caminos, lo que explica
el alto grado de embarramiento.
Sigo mi camino, evitando el que ellos
traían y poco a poco, llego al fantasmagórico paraje que anuncia el
embalse del Ebro: nieblas que se apresuran a cruzar delante de mis ruedas, prados escarpados y caballos. Caballos robustos y tenaces creados para soportar en esta inhóspita tierra. Me parece que me he ahorrado el viaje a
Escocia.
Todo parece cerrado hasta que llegue el verano, así que me encamino a Reinosa, en
donde me recomiendan primero ir a Cáritas y luego un hostal encantador a la par que algo
destartalado. Elijo lo segundo porque no me quiero malacostumbrar. Sólo me tienen en cuenta lo de encantador a la hora de
pagar.
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