Martes me preparo para salir con destino a San Feliz. Cuando ya estoy listo cierro la puerta de la casa y un segundo después me doy cuenta de que me he dejado el casco dentro. No tengo llaves así que me toca ir a buscar las llaves de Raffa, que trabaja a diez quilómetros. En estos momentos me gustaría tener línea directa con la entrepierna de los que aprobaron la ley de obligatoriedad del casco.
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| Cudillero |
Así que pierdo más de una hora por mi torpeza y decido coger el Feve hasta el precioso pueblo de Cudillero. No me resisto a bajar al pueblo desde la estación, aunque luego me toque volver a subir por una cuesta que se atraganta a cualquiera. Por fin arriba lo que peor llevo es el viento, así que en cuanto puedo abandono la costa y me adentro por un tranquilo y frondoso valle que sube bastante tendido hasta que de repente se ensancha la carretera y comienzo el verdadero ascenso a un puerto. La distracción del paisaje me ayuda a subir las rampas. Una vez en la cima me paro a abrigarme y disfrutar de las vistas. Tras un escalofriante descenso vuelvo a subir otro pequeño puerto, así llego a Brieves y sigo el GPS hasta un sendero que está medio destruido por las lluvias. Es una rampa bastante difícil y aunque sólo resta un quilómetro opto por retroceder y subir por la carretera, con el resultado de que hago una vuelta de ocho kms para entrar por Trevías y me encuentro con una rampa del demonio que me cuesta unos veinte minutos de subida empujando la bici. Llueve y ya es de noche cuando llego a la puerta de María, cuya familia me acogerá cálidamente durante los próximos días.



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