Sábado,
21 de setiembre. Me levanto y mantengo una breve
conversación con un señor que pasea el perro. No se asombra de que
venga de España sino de que no haya pasado frío, puesto que la
temperatura ha bajado a 10 grados por la noche, lo que me ha venido
de perlas para no cocerme de calor con mi saco de dormir invernal.
Aún así, son las 9 de la mañana y estamos en camiseta, ya que el
sol pega fuerte, lo que aprovecho para secar la lona de mi iglú.
Cojo la bolsa de las golosinas y me voy a la playa a desayunar, donde
descubro las barreras de retención de arena que forman inmensas
piscinas. Lo único que no me gusta es que no se ve el fondo y a
saber lo que te puedes encontrar. No me baño porque no hay duchas
para lavarme después, así que me conformo con mojarme los pies.
Recojo
y emprendo mi camino por la vía verde hacia Point de Grave. Al oeste
ya se puede ver el imponente faro
de Cordouan.

Royan tiene un puerto deportivo pero no parece que sea una ciudad de gran interés, así que me encamino hacia el norte bordeando la costa. El paisaje cambia totalmente: ya no hay grandes playas, sino pequeños acantilados y recónditas playas. Es más bonito que la parte sur del estuario y está todo dominado por la recolección de ostras.
En
Marennes conozco a un francés que lleva 30 años recorriendo Francia en
bici con su tienda de campaña (¿no hay más países?) Está un poco
chalado: ha cruzado la línea entre cicloturista e indigente, así
que cada uno sigue su camino aunque ambos vayamos hacia el Norte.
Le doy un lavado a presión a la bici para sacarle toda la arena que se le ha pegado en los pinares de la Gironde y engraso la bici. ¡Como nueva!
Le doy un lavado a presión a la bici para sacarle toda la arena que se le ha pegado en los pinares de la Gironde y engraso la bici. ¡Como nueva!
Cruzo
las marismas justo el día que se levanta la veda del pato, así que
me encuentro un atardecer con el cielo en llamas, unas marismas
plagadas de mosquitos y tiros de escopeta. Es increíble la cantidad
de myocastores o ragondin que hay en esta zona. Algunos huyen de mí
y otros se quedan a observarme curiosamente.
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Ragondin
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Domingo. Mientras
desmonto la tienda van llegando chavales para correr en la pista
deportiva. Nadie se interesa por mi intrusión.
Sigo
la Velodisée hacia Rochefort y así llego a un pueblo donde se
celebra un mercado. Un puesto que vende ostras me llama la atención
y me despierta el apetito, pero necesito algo más contudente, así
que busco un super y me compro un taboulé y una birra. Me fijo que
hay un gran puente ferroviario sobre el río y veo que pasa gente por
encima: es una vía verde; así que le pregunto a un paisano y me
indica el camino. Una vez arriba, hago un picnic apoyado en la
barandilla, con unas vistas impresionantes.
Por
fin llego a Rochefort y me doy cuenta que la ruta ciclable da un
rodeo muy grande, ya que llego por el Este y debería haber llegado
por el Sur, por el Transbordador, un ejemplar como el de Getxo.
Transbordador
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En Rochefort destaca
el Museo
de la Marina,
donde se puede ver el buque del s. XVIII L'Hermione,
que apoyo a los insurgentes yanquis en su lucha por la independencia.
Esta ciudad es bastante interesante porque no se parece a ninguna
otra que haya visto y además tiene bastantes lugares de interés. Su
casco viejo se destaca por estar constituido por una cuadrícula de
edificios de piedra clara.
Sigo a La Rochelle, que también es una bonita ciudad. Llego hasta ella por un largo carril bici que transcurre junto al mar y jardines. Por ser fin de semana, la zona del puerto está cortada al tráfico y hay mucha gente paseando y en las terrazas. Hoy necesito una ducha, así que me voy al camping municipal, que es bastante cutre pero me servirá para una noche. El suelo de la parcela es duro, lleno de raices y colillas, así que paso un buen rato preparando el terreno para plantar la tienda. Por lo menos, la recepcionista es muy enrrollada y me da un poco de charla, lo que no está mal cuando viajas en solitario.
Lunes amanece
con el estruendo de los camiones y las máquinas que hay en la obra
justo detrás de mí, por lo que dormir hasta tarde no es una opción.
Me voy al MacDonalds a tomar un café porque tienen wifi y puedo
cargar la batería del móvil. Para llegar allí le pregunto a una
chica joven que me encuentro cerca del albergue juvenil; dos horas
después la chica me pregunta a mí por otra dirección cuando estoy
saliendo del MacDonalds: ella no se acordaba de mí a pesar de mi
bici y mis pintas, aunque yo de ella me acordaba perfectamente. En
poco rato estoy rodeado de estudiantes y otros internautas. Yo busco
colegas en WarmShowers para
dejar de acampar en solitario. Después de cinco días durmiendo en
la tienda empiezo a tener ganas de calor humano y de poder practicar
francés. Además quiero cambiar de aires y dejar el circuito
turístico y encontrarme con la Francia más auténtica, sin carriles
bici ni turistas. Encuentro un sitio en Sainte-Gemme-la-Plaine y
me dirijo hacia allí. Llego hasta Luçon, que tiene una bonita
catedral y una estatua al cardenal
Richelieu,
ya que fue titular de este obispado. Desde allí hasta mi destino
sólo queda un agradable paseo.
Antes
de presentarme en el domicilio en el que voy a dormir, voy al super a
comprar una botella de vino para regalar. Un tío con su hijo me pide
20 cts. que le faltan para poder comprar un paquete de cervezas. Si
me lo hubiese pedido para leche para el niño lo hubiese mandado a
cascarla, pero como es para cerveza me llega al corazón y le doy el
dinero.
En
la casa no me esperan porque no han visto mi mensaje, pero Catherine
me invita a entrar muy amablemente y me instala en una bonita
habitación. En cuanto llega el resto de la familia nos dedicamos a
lo que mejor se puede hacer a esas horas: comer y charlar. Por la
puerta de esta casa he pasado muchas veces por trabajo, pero jamás
me imaginé que pudiese parar a dormir allí. Me lo pasé muy bien
con esta familia y estuve muy a gusto en esa casa. Muchas gracias, Catherine y familia.
Martes amanece
como el lunes, con ruido de camiones, ya que están cambiando el
asfalto de la carretera. Hoy llegaré hasta Bealieu-Sous-la-Roche, a
casa de otra hospitalaria familia. Escojo una ruta de carreteras
locales muy bonita, evitando a cercarme a La-Roche-Sur-Yon. Me
encuentro con la típica aldea de la campiña francesa, en medio de
ninguna parte y rodeado de jardines y tranquilidad. Lo que me
sorprendió fue la mala calidad del agua del grifo en un país donde
abunda el agua; en cambio, el vino, la cena y la compañía son
estupendos. Tras una simpática cena familiar pude disfrutar de una
preciosa habitación y coger fuerzas para el día siguiente. Gracias
a Yves y Françoise por vuestra fantástica hospitalidad.
Compartiendo
tiempo con estas familias francesas aprendo todos los días, no sólo
el idioma sino también las costumbres y la gastronomía. Al final,
el paisaje pasa a un segundo plano cuando te acostumbras a verlo y la
compañía se convierte en lo más importante.
Miércoles. Hoy
llego a Machecoul, sede de la antigua Gitane y supuesta cuna de Barba Azul. Me acoge en su casa
Antoine, un trabajador de esta fábrica y me sorprendo con la
cantidad de bicis de diferentes décadas que alberga en su casa.
Jueves.
En Machecoul me quedo un día más porque han aconsejado
visitar Noirmoutier-en-l'Île, que aparte de ser una bonita isla
tiene la particularidad de que puedes acceder por una carretera
sumergible: el paso de Gois. Hay que esperar a que baje la marea para
poder pasar sus cinco kms. Desgradaciadamente, cuando llegué tenía
que esperar dos horas, así que me dediqué a recorrer un sendero.
Siendo un día muy lluvioso, cuando quise cruzar estaba tan agotado y
empapado que decidí volver a Machecoul. Aún así, ese día hice 70
kms. Por lo tanto, esa parte del país tendrá que quedar para otra
posterior visita.
Paso
de Gois
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Viernes. Después
de comer, arranco camino de Pornic que es una ciudad bien bonita.
Allí me vuelvo a encontrar casualmente con Antoine, que ha ido a
visitar a su madre. Una señora encantadora.
Como
he arrancado tarde no llego muy lejos y busco un sitio tranquilo para
plantar la tienda, cerca de Saint-Michel-Chef-Chef.



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