domingo, 27 de octubre de 2013

2400 kms à vélo - Semana II - De Soulac-sur-Mer a Saint-Michel-Chef-Chef


Sábado, 21 de setiembre. Me levanto y mantengo una breve conversación con un señor que pasea el perro. No se asombra de que venga de España sino de que no haya pasado frío, puesto que la temperatura ha bajado a 10 grados por la noche, lo que me ha venido de perlas para no cocerme de calor con mi saco de dormir invernal. Aún así, son las 9 de la mañana y estamos en camiseta, ya que el sol pega fuerte, lo que aprovecho para secar la lona de mi iglú. Cojo la bolsa de las golosinas y me voy a la playa a desayunar, donde descubro las barreras de retención de arena que forman inmensas piscinas. Lo único que no me gusta es que no se ve el fondo y a saber lo que te puedes encontrar. No me baño porque no hay duchas para lavarme después, así que me conformo con mojarme los pies.

Recojo y emprendo mi camino por la vía verde hacia Point de Grave. Al oeste ya se puede ver el imponente faro de Cordouan



Llego justo a tiempo de coger el barco y soy el único ciclista. Hay un carrilbici que te lleva al punto de embarque. Tengo que esperar a que suban todos los enlatados y me indican un punto donde poner mi bici. Bromean sobre si el peso de mi bici hará volcar el barco. Ato la bici a una tubería y me voy a enchufar el móvil. La travesía es muy tranquila y asombra la anchura del estuario del Gironde, que se alimenta a su vez de otros grandes ríos como el Lot y el Garonne.  


Royan tiene un puerto deportivo pero no parece que sea una ciudad de gran interés, así que me encamino hacia el norte bordeando la costa. El paisaje cambia totalmente: ya no hay grandes playas, sino pequeños acantilados y recónditas playas. Es más bonito que la parte sur del estuario y está todo dominado por la recolección de ostras.

En Marennes conozco a un francés que lleva 30 años recorriendo Francia en bici con su tienda de campaña (¿no hay más países?) Está un poco chalado: ha cruzado la línea entre cicloturista e indigente, así que cada uno sigue su camino aunque ambos vayamos hacia el Norte. 
Le doy un lavado a presión a la bici para sacarle toda la arena que se le ha pegado en los pinares de la Gironde y engraso la bici. ¡Como nueva! 

Cruzo las marismas justo el día que se levanta la veda del pato, así que me encuentro un atardecer con el cielo en llamas, unas marismas plagadas de mosquitos y tiros de escopeta. Es increíble la cantidad de myocastores o ragondin que hay en esta zona. Algunos huyen de mí y otros se quedan a observarme curiosamente. 

Ragondin

Sólo veo una aldea en kilómetros. Las marismas están muy canalizadas, pero por lo demás es una zona muy salvaje. Al fin vuelvo a la civilización y me adentro en una vía verde cuando se hace de noche. Bajo los árboles la oscuridad es tal que mi pequeño faro alumbra de maravilla. Llego a Saint-Agnant y encuentro el campo de fútbol, donde acampo sobre el césped. 


Domingo. Mientras desmonto la tienda van llegando chavales para correr en la pista deportiva. Nadie se interesa por mi intrusión. 

Sigo la Velodisée hacia Rochefort y así llego a un pueblo donde se celebra un mercado. Un puesto que vende ostras me llama la atención y me despierta el apetito, pero necesito algo más contudente, así que busco un super y me compro un taboulé y una birra. Me fijo que hay un gran puente ferroviario sobre el río y veo que pasa gente por encima: es una vía verde; así que le pregunto a un paisano y me indica el camino. Una vez arriba, hago un picnic apoyado en la barandilla, con unas vistas impresionantes. 

Por fin llego a Rochefort y me doy cuenta que la ruta ciclable da un rodeo muy grande, ya que llego por el Este y debería haber llegado por el Sur, por el Transbordador, un ejemplar como el de Getxo.

Transbordador

En Rochefort destaca el Museo de la Marina, donde se puede ver el buque del s. XVIII L'Hermione, que apoyo a los insurgentes yanquis en su lucha por la independencia. Esta ciudad es bastante interesante porque no se parece a ninguna otra que haya visto y además tiene bastantes lugares de interés. Su casco viejo se destaca por estar constituido por una cuadrícula de edificios de piedra clara.


Sigo a La Rochelle, que también es una bonita ciudad. Llego hasta ella por un largo carril bici que transcurre junto al mar y jardines. Por ser fin de semana, la zona del puerto está cortada al tráfico y hay mucha gente paseando y en las terrazas. Hoy necesito una ducha, así que me voy al camping municipal, que es bastante cutre pero me servirá para una noche. El suelo de la parcela es duro, lleno de raices y colillas, así que paso un buen rato preparando el terreno para plantar la tienda. Por lo menos, la recepcionista es muy enrrollada y me da un poco de charla, lo que no está mal cuando viajas en solitario.


Lunes amanece con el estruendo de los camiones y las máquinas que hay en la obra justo detrás de mí, por lo que dormir hasta tarde no es una opción. Me voy al MacDonalds a tomar un café porque tienen wifi y puedo cargar la batería del móvil. Para llegar allí le pregunto a una chica joven que me encuentro cerca del albergue juvenil; dos horas después la chica me pregunta a mí por otra dirección cuando estoy saliendo del MacDonalds: ella no se acordaba de mí a pesar de mi bici y mis pintas, aunque yo de ella me acordaba perfectamente. En poco rato estoy rodeado de estudiantes y otros internautas. Yo busco colegas en WarmShowers para dejar de acampar en solitario. Después de cinco días durmiendo en la tienda empiezo a tener ganas de calor humano y de poder practicar francés. Además quiero cambiar de aires y dejar el circuito turístico y encontrarme con la Francia más auténtica, sin carriles bici ni turistas. Encuentro un sitio en Sainte-Gemme-la-Plaine y me dirijo hacia allí. Llego hasta Luçon, que tiene una bonita catedral y una estatua al cardenal Richelieu, ya que fue titular de este obispado. Desde allí hasta mi destino sólo queda un agradable paseo. 

Antes de presentarme en el domicilio en el que voy a dormir, voy al super a comprar una botella de vino para regalar. Un tío con su hijo me pide 20 cts. que le faltan para poder comprar un paquete de cervezas. Si me lo hubiese pedido para leche para el niño lo hubiese mandado a cascarla, pero como es para cerveza me llega al corazón y le doy el dinero. 

En la casa no me esperan porque no han visto mi mensaje, pero Catherine me invita a entrar muy amablemente y me instala en una bonita habitación. En cuanto llega el resto de la familia nos dedicamos a lo que mejor se puede hacer a esas horas: comer y charlar. Por la puerta de esta casa he pasado muchas veces por trabajo, pero jamás me imaginé que pudiese parar a dormir allí. Me lo pasé muy bien con esta familia y estuve muy a gusto en esa casa. Muchas gracias, Catherine y familia.


Martes amanece como el lunes, con ruido de camiones, ya que están cambiando el asfalto de la carretera. Hoy llegaré hasta Bealieu-Sous-la-Roche, a casa de otra hospitalaria familia. Escojo una ruta de carreteras locales muy bonita, evitando a cercarme a La-Roche-Sur-Yon. Me encuentro con la típica aldea de la campiña francesa, en medio de ninguna parte y rodeado de jardines y tranquilidad. Lo que me sorprendió fue la mala calidad del agua del grifo en un país donde abunda el agua; en cambio, el vino, la cena y la compañía son estupendos. Tras una simpática cena familiar pude disfrutar de una preciosa habitación y coger fuerzas para el día siguiente. Gracias a Yves y Françoise por vuestra fantástica hospitalidad.

Compartiendo tiempo con estas familias francesas aprendo todos los días, no sólo el idioma sino también las costumbres y la gastronomía. Al final, el paisaje pasa a un segundo plano cuando te acostumbras a verlo y la compañía se convierte en lo más importante.


Miércoles. Hoy llego a Machecoul, sede de la antigua Gitane y supuesta cuna de Barba Azul. Me acoge en su casa Antoine, un trabajador de esta fábrica y me sorprendo con la cantidad de bicis de diferentes décadas que alberga en su casa. 



Jueves. En Machecoul me quedo un día más porque han aconsejado visitar Noirmoutier-en-l'Île, que aparte de ser una bonita isla tiene la particularidad de que puedes acceder por una carretera sumergible: el paso de Gois. Hay que esperar a que baje la marea para poder pasar sus cinco kms. Desgradaciadamente, cuando llegué tenía que esperar dos horas, así que me dediqué a recorrer un sendero. Siendo un día muy lluvioso, cuando quise cruzar estaba tan agotado y empapado que decidí volver a Machecoul. Aún así, ese día hice 70 kms. Por lo tanto, esa parte del país tendrá que quedar para otra posterior visita.


Paso de Gois


Viernes. Después de comer, arranco camino de Pornic que es una ciudad bien bonita. Allí me vuelvo a encontrar casualmente con Antoine, que ha ido a visitar a su madre. Una señora encantadora.

Como he arrancado tarde no llego muy lejos y busco un sitio tranquilo para plantar la tienda, cerca de Saint-Michel-Chef-Chef.

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