Casi desde la medianoche puedo ver un amanecer que se completa cuando aterrizamos en Islandia. No brilla el sol pero la visibilidad es buena. De hecho, la luminosidad no parece cambiar a lo largo del día. En algunos momentos sopla un viento suave y otros cae una ligera llovizna. Lo que no nos impide disfrutar de la novedad del paisaje, tan diferente al nuestro. Apenas hay algunos árboles de poco porte, pero abundan las flores en una tundra de bonitos colores. En algunos momentos el paisaje aparece roto, como destruido, no hay una superficie llana, todo es arista. Las fumarolas destacan en el paisaje, siendo las más violentas ocultas por el aprovechamiento de una central geotérmica. Las fábricas de pescado perfuman el ambiente, aunque el primer olor que domina es el de huevos podridos, característico de las emanaciones sulfurosas. Mientras que en otros lugares, la tierra se muestra pasiva y como mero soporte de la flora, aquí el terreno está muy vivo y enseña las uñas. Da la sensación de que se va a rebelar en cualquier momento.
Atravesamos la falla que marca la separación de las placas tectónicas americana y euroasiática y llegamos a una zona donde las fumarolas hacen hervir la tierra. De ahí pasamos a un faro rodeado por una colonia de agresivos chagranes, que defienden sus polluelos lanzándose sobre nuestras cabezas. La costa ha sido moldeada por una erupción subacuática. Finalmente, después de cruzar un desierto de magma llegamos a Grendavík y descansamos por fin, a pesar de la protesta del viento, que sacude las tiendas de campaña como si nos quisiera echar de allí....






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