Me acosté después de tomar un baño en una terma natural junto al mar, rodeado de mosquitos y turistas. La lluvia y el endurecimiento de las manos no me han dejado dormir bien, pero he he podido dormir por la mañana mientras esperaba a que parase de llover.
No conseguí billete para el ferry de la mañana, lo que me fastidia porque tengo que esperar dos días al siguiente autobús para Borgarnes y, por otro lado, me alegra porque no ha dejado de llover intensamente durante la mañana. Al final he tenido que recoger la tienda mojada y recorrer los seis kilómetros hasta el puerto bajo un consistente sirimiri.
El camping ha sido el más caro de todo el viaje, 1.500 coronas, y sin embargo el más austero y más parecido a un lodazal que a un camping. Lo mejor es que en las cercanías hay una piscina, un hotel y una termas junto al mar.
Cuando he llegado al despacho de la naviera la señora se ha sorprendido de verme sin coche. Soy el único ciclista en el barco. Se supone que podría ver ballenas durante el trayecto, aunque la visibilidad es muy pobre a pesar de que ya no llueve. Es el típico día de verano nórdico.

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